EPÍTOME

 
   
 
   
   
COMPENDIO
 
 
 
 
 
 

EL SECRETO

El tiempo pasa de manera premeditada. Nada de lo que sucede en la vida de los hombres es un evento casual, todo tiene una razón de ser. Los ángeles que han tejido el hilo de la vida de cada hombre no han olvidado ningún detalle de lo que éste ha conseguido en una vida anterior y le han añadido sus consecuencias.
Existen reyes y existen siervos; los siervos deben servir a los reyes. Nada de esto es causal, los protagonistas de la vida han sido colocados en esos lugares de acuerdo a méritos pasados. Nadie puede ser ensalsado y nadie puede ser humillado sin merecerlo.
El sol brilla todo los días y entrega sus radiaciones vitales a toda criatura viva, no hace discriminación alguna. A el le toca ser imparcial y así se ha dispuesto desde la fundación del mundo, debe dar luz y calor al escenario donde se desarrollarán las escenas de reyes y siervos.

De entre la multiplicidad de acontecimientos del día, de entre la variedad de hechos en las que cualquier individuo humano se encuentra sumergido hondamente en la rutina, podemos buscar, como si se tratáran de fotografías móviles delante nuestro, el acontecimiento que verdaderamente nos interese. En algún lugar encontramos mercaderes y sus clientes hablando de mercaderías y dinero, en otra parte algunos pastores están atareados en apacentar sus rebaños, aquí un tahur esquilma una bolsa de monedas a un tendero, allá junto a un camino pedregoso algunos soldados a caballo y con brillantes cascos se apean frente a una posada, en el lago cercano unos recios pescadores echan la red... y creo que nos acercamos a nuestro objetivo cuando descubrimos una suntuosa casa. La voz silenciosa, salida de dentro nuestro nos dice, que tras el regio portón de cedro de esta casa está sucediendo algo interesante, ¿debemos golpear la pesada aldaba de bronce? nos causan un respingo involuntario los adornos de serpiente y escorpión de la vieja aldaba. No, no es necesario llamar a nadie del caserón, y sencillamente atravezamos las gruesas planchas de madera pues somos como criaturas de materia sultil.

Un amplio patio y un exquisito jardín se abren en seguida. Se oyen voces y parten de una fuente de mármol de en medio del jardín; el susurro del chisgueteante líquido no es obstáculo para identificar la conversación de dos hombres.
—Maestro, lo he buscado durante todo el día. Ahora que lo he encontrado me viene una inmensa alegría.
—Lo sé, Bernabé, tu alegría es genuína.
Los ojos de Iesus Ben Pandhira llegan hasta el corazón de los hombres. Nada hay que pueda escondérsele.
—Maestro... no sé por donde empezar.
—Lo sé, Bernabé. Me vienes a reclamar el secreto que te prometí.
—Sí, Maestro. Desde que tus sabias palabras dijeron que había tal, no he dejado de pensar en ello. Mi curiosidad ha sido tan grande que incluso me he atrevido, no con mesura, a inquirir sobre ello a mis compañeros y ninguno me ha respondido. Todos tus discípulos me han mirado a los ojos y callando han dado la media vuelta.
—Así es la sabiduría, siempre silenciosa y habla cuando debe hablar.
—Se me dijo que debo pedir para que se me dé. Y se me dijo que debo tocar para que se me abra. Son vuestras palabras Maestro, y me pareció oportuno ponerlas en práctica.
Iesus calla por un breve momento. Exóticas plantas acuáticas, traídas de Africa y Asía, crecen en la pileta, aquí se han incluído algunos insectos que han decidido hacer de ese oásis, sólo para vegetales, su mundo. La superficie del agua refleja las imágenes de ambos hombres; las sutiles ondinas alojadas en ese pequeño remanso, inspiradas por las imágenes masculinas, crean versos bíblicos y hasta es posible que los más graves versos sean bien parecidos a aquellos destinados para el Apocalipsis.
—Te has casado Bernabé —dice calmadamente Iesus con una voz capaz de curar todos los males—. Y te ruego que escuches con atención lo que voy a decirte. En la vida hay tres cosas con la misma importancia y son: nacimiento, matrimonio y muerte. Estas tres cosas vienen de lo alto o bien dicho es aquello determinado por los ángeles del karma; todo se nos dá de acuerdo a nuestros méritos. Lo que sembramos cosechamos.
"Tú, has conseguido una magnífica mujer. Esto es una bendición merecida. Ella también ha sido preparada para los mismos fines que tu persigues. Si ambos cumplen estos fines, se convertiran en dioses, y si fuera lo contrario no habría demonios más excecrables que ustedes.
"Sólo el amor puede convertirlos en dioses. Bendito sea el amor.
 

El silencio de Bernabé, es palpable. Todos sus sentidos están orientados para captar en toda su extención las palabras del divino rabí. Ese verbo tiene todo el poder de crear vida. Esa suave entonación en la oscuridad más densa brillaría como un fanal más grande que el propio sol.
—Joven discípulo —continúa Iesus—, lo que tengo que decirte es sólo para tus oídos. No saldrá de tus labios por nada del mundo; quiero tu palabra...
—Maestro, ¡lo juro! el secreto que se me dé no saldrá de mí. Nadie humano lo sabrá de mi boca, ni de mi pluma, ni de ninguna otra manera existente. Puede tener la total seguridad que así será.
—Confío en ti, joven buscador de la verdad. Este secreto fue bien conocido por verdaderos sacerdotes de la antiguedad, en todas las viejas civilizaciones se conoció este secreto. Si algún sacerdote, u otra persona que lo hubiera oído por casualidad, lo divulgaba, era condenado a muerte; se le descuartizaba de inmediato. Podrás imaginarte la tremenda responsabilidad que tendrás cuando lo oígas.
Bernabé no puede esconder su exitación. La cercanía de aquello que se le dirá ha acelerado su respiración y siente que su cerebro crece desmesuradamente como queriendo explotársele, nunca antes había tenido una sensación parecida y se asusta: ¿acaso está sintiendo los síntomas de un colapso cardiaco? Perdida su mirada se mueve intranquilo como queriendo espantar ese morbo.
¿Tan pronto ha olvidado, el joven discípulo, que su maestro tiene la medicina para todos los males? ¿Tan rotunda es esa verdad que supera toda jerarquía humana y divina?
La voz tranquila del magno Maestro hace una pausa. No será oída cabalmente mientras aquella sensación pasajera atiborre los interiores de su discípulo. Las bellas ondinas de la pileta deciden ocupar este preámbulo con delicados cánticos sacados del Eclesiastés.
No hay tormenta que no pase y cuando así sucede el cielo y la tierra tienen la calma y serenidad de un bebé satisfecho.
—Escucha, Bernabé —vuelve a hablar el divino rabí y lo hace sin preámbulos—, el secreto de la desintegración de defectos y el de la cristificación está en una relación sexual sin derrame de semen. El hombre unido a una mujer, su mujer, no debe derramar su semen.
Entonces los pensamientos del joven traen a su recuerdo el Levitico. Para él no es ninguna sorpresa lo escrito en el capítulo 15 y hace un rápido recuento empezando por el verso 2: "...Cualquier varón, si eyaculare, será inmundo." y concluye en el verso 18: "Y cuando un hombre tuviere relación sexual con una mujer y eyaculare, ambos se lavarán con agua y serán inmundos hasta la noche".
—Un acto sexual debe constituír toda una ceremonia sagrada. Con esto no estoy diciendo que deben anularse sus goces, por el contrario vendrán sensaciones agradables que ningún eyaculador podrá conocer. Todo es cuestión de práctica. Las caricias y demás adornos de esta ceremonia no pueden anularse por el contrario deben servir para convertirlo en toda una oración.
"¡He aquí el hecho que nos convertirá en dioses!
"Es importante eliminar los defectos con este fuego que ninguna teoría podrá lograr.
"Toda persona que quiera cambiar su naturaleza interior, sin la fuerza sexual, es un analfabeto en estas lides aunque posea un basto conocimiento sobre tales. Sólo el fuego puede renovar la naturaleza.
"No hay otra cosa, que no sea el fuego sexual, que tenga la suficiente fuerza como para encender esa luz que yace apagada en la base de tu columna vertebral. No hay otra fuerza como para hacer que esa luz suba triunfante por tu médula espinal. Cerebro y corazón deben llenarse con esa luz. Este es el fuego del Espíritu Santo.
"Ninguna teoría puede lograr esto. Ninguna buena intensión.
Iesus deja salir de sí una intensa luz blanca. Por un instante ha roto los límites que atan su cuerpo físico con la materia y ha penetrado en una gloriosa dimensión. La música que viene de esos esplendorosos espacios supera inmensamente al que emiten las bellas ondinas quienes han estado ambientando, la última parte de la conversación de ambos hombres, con poesía sacada del Génesis.
—El sexo es sagrado —prosigue el hijo de Dios—. Los goces del amor son sagrados.
La centella de un rayo omnímodo truena en los cielos internos del sublime Maestro. Ese rayo trae dentro de sí toda la majestad del Padre y en sí el trueno puede ser traducido con estas palabras: "Este es mi hijo. ¡Oídle!"
Bernabé a caído de rodillas. Aunque no ha podido ver la grandeza del drama sucedido dentro de Iesus, ha podido intuirlo. Sus permanentes trabajos para despertar conciencia, sus perseverantes ejercicios de transmutación de energía, sus tesoneras meditaciones, sus vehementes vocalizaciones de palabras sagradas y sus oraciones, apenas le han valido para lograrlo. Se siente desfallecer ¿tan grande es aquello que requiere supremos esfuerzos que él atolondradamente ya supone no tener?
—Levántate, Bernabé —dice Iesus—, no te arrodilles frente a mí. No lo merezco, arrodíllate ante tus padres internos. Tu padre y tu madre, aquellos que moran en tu interior son los únicos que pueden parirte. Son los únicos que pueden convertirte en su hijo, en un dios.
El joven se ha puesto de pie y algo entorpecido de movimientos se ha puesto de nuevo de cara al hijo de Dios. Suaves versos sacados de los proverbios, son diseminados, como el polen luminoso que dará nacimiento a nuevos planetas, en torno a ambos hombres, esta vez las musas de la música y de la poesía asisten con lo mejor de sí a las vaporosas ondinas.
—Sólo sexualmente se puede nacer —prosigue el supremo rabí—. Nadie más que la mujer puede parirnos. Nadie más que la mujer puede parirnos física y espiritualmente. Nadie más que ella puede darnos ojos y oídos capaces de ver y oír donde los ojos y oídos físicos no alcanzan. Nadie más que ella puede darnos cuerpos incorruptibles. Todos los dioses del Universo han sido paridos por la mujer.
"¡Bendita sea la mujer!
"¡Bendito sea el amor!