EPÍTOME

 
   
 
   
   
COMPENDIO
 
 
 
 
 
 

LA MUERTE DE LOS NIÑOS

Todo palacio es fastuoso. Desde siempre, han sido los más llamativos. Los mejores arquitectos los diseñan con lo mejor de su ingenio y luego los construyen con el mejor gusto que el arte pueda concebir. Amplios espacios se destinan para servir de asiento a los nobles materiales que conformarán su imponente estructura. Es importante que sus ambientes internos estén poeticamente iluminados, sin un ecuánime manejo de la luz, estas construcciones, no pasarían de ser costosos sepulcros. Es posible rodearlos de verdes jardines donde el frescor sea capaz de dar inspiración y solaz en su debida oportunidad. Y ¿quién no obviaría, también, colocar un pequeño lago en medio del jardín?
Herodes reina en un palacio así... bueno no tan fastuoso y no tan imponente. Pero sí atractivo y medianamente eficiente: militarmente hablando. En Judea, la piedra es el mejor elemento para la construcción de un edificio así.
En el palacio de Herodes desde temprano se hacen los preparativos para un congreso. Este evento, auspiciado por el dueño de casa y promovido por el jefe de un grupo de místicos que tiene como bandera la justicia, debe iniciarse después del medio día.

Para esta importante circunstancia están invitados todos los místicos, todos los iniciados de las diferentes escuelas de autorealización de Judea y de aquellas localidades circundantes a Judea.

Para salir del abismo interior suyo, el hombre, necesita de una iniciación. Toda iniciación es un nacimiento espiritual. Antes de todo nacimiento ha tenido que existir una gestación. El hombre que quiera nacer espiritualmente tiene que entrar al vientre de una mujer y allí gestarse. En la gestación ordinaria el vientre de la madre desarrolla células, órganos, glándulas, sistemas orgánicos; en la gestación espiritual el hombre crea sus cuerpos internos, desarrolla células, órganos, glándulas, sistemas orgánicos, de oro puro, así nacerá un Maestro de verdad aureolado por el fuego del Espíritu Santo.
Algún tiempo atrás, tres viajeros visitaron a Herodes. Luego de una visita breve, de algunos pocos días en la que hubieron frecuentes reuniones y largas conversaciones, estos viajeros continuaron con su itinerario. Alguién oyó una conversación fragmentada entre estos hombres y su anfitrión, sin muchas deducciones se concluirá que esta es la razón del presente congreso:
—Respetado Maestro Gaspar, ¿me dices que el Cristo va a nacer y que ustedes han venido a visitarlo?
—En efecto respetado señor. He visto el gran esplendor que emana de un hombre nacido en estas tierras. Sin ninguna duda puedo afirmar que está pronto el nacimiento del Cristo. No sólo yo he visto este maravilloso acontecimiento, sino que también ha sido presenciado por Melchor y Baltasar. Cada uno de nosotros en nuestras lejanas tierras hemos visto ese portento.
"El magno brillo que brota de ese hombre nos ha servido de gruía. Su luz, semejante a la de una estrella de gran magnitud es nuestro faro...
Herodes escucha con total atención. Conoce a aquellos hombres, conoce de su sabiduría y de sus grandes facultades para conocer el futuro.
—¿Su nombre? ¿Me podeís dar el nombre de ese bendito Maestro que se convertirá en nuestro guía?
—Su nombre... Si pudiéramos conocer su nombre carnal hubiéramos preguntado por ese nombre. Pero no lo conocemos con un nombre así. Allá en la intimidad nuestra... en el mundo de lo real, los nombres no son carnales, los nombres suenan, son música, son luces de diferenta magnitud, son colores.
Aquellos hombres tienen la singular facultad de tener la conciencia despierta aún cuando el cuerpo físico duerme. En esos momentos en que un hombre ordinario tiene el cuerpo durmiendo y su conciencia soñando, ellos viajan por lugares insospechados, tienen entrevistas con magnos seres, pueden visitar regias bibliotecas con toda la sabiduría de los dioses y pueden participar de rituales trascendentes en templos que ninguna imaginación puede concebir. El sexo es sagrado y los goces del amor son sagrados; las consecuencias de una verdadera sexualidad están a la vista.
—¡Vamos! ¡Denme su nombre! Yo seré el primero en anunciar su glorioso nacimiento. No creo que con toda vuestra sabiduría, el nombre del bendito no pueda tener un nombre carnal en vuestros labios. Este es un ruego. ¡Dadme su nombre!
Herodes es un hombre de mediana contextura, corpulento, no gordo. Su mirada destella rápidamente para luego esconderse de los inquisitivos ojos de Gaspar. Ni siquiera ante las hondas miradas del emperador de Roma había sido así de furtivo; ante aquél hombre, al que los ángeles del Karma han colocado el enorme poder para sojuzgar todo el mundo, sólo había sumisión, pero no la sensación de tener abierto todo su mundo interno, de sentirse desnudo y mostrar todos sus olores, heridas, cicatrices y deformidades sicológicas.
—¡Su nombre, dignos hombres! Vuestras respetadas personas, me conocen como hombre de bien. Conociéndo al bendito haré todo lo posible para que sea conocido y venerado por la gente. También tendrá mi protección.
—Digno Monarca, permítame entregarle mis disculpas. Mi sabiduría, y las de mis compañeros Gaspar y Baltasar, no es tanta como para descifrar algunos detalles simbólicos que engloban un nombre. Los números que protegen este nombre son muy exigentes... No tengo ninguna duda que en unos cuantos días lo sabremos exactamente y entonces nosotros se lo diremos sin dudar.
—¿Unos días? ¿Pero acaso no escuché que ustedes, mañana antes que el sol aclare el horizante, tomarán sus mujeres, sus cosas, sus tiendas, sus camellos y se habrán ido?
—En efecto, nos habremos ido. Pero esto no significa que no podamos retornar. Regresaremos y sin duda le traeremos la noticia que su digna persona quiere oír.
La gran sala que recibirá a "los niños", como místicamente se llama a los iniciados, está dispuesta. Son "niños", por sus características sicológicas, perdonan, no son violentos, ayudan a su prójimo y muchas otras cosas más. Está cerca el medio día, y en breve esa sala dará cabida a diez de los principales jerarcas místicos y por lo menos cien sufragáneos de sus respectivas congregaciones. Algunos de estos jerarcas reposan en algunas habitaciones del palacio, ellos han venido desde lejos y han pasado la noche cómodamente instalados en un gran dormitorio.
Los cocineros y sus ayudantes aún preparan el banquete que deberá servirse acabado el concilio. Habrá carne y poco vino, lo que no podrán gozar aquellos estrictamente vegetarianos y los terminántemente enófobos. Para estos hay otras viandas. Este detalle de los vegetarianos y de los que rechazan el licor, es una curiosidad en un ambiente que proclama la moderación.
La prisa del tiempo no se modera en estos casos, por el contrario suele acelerar las circunstancias y pronto tenemos una sala repleta de asistentes. Hombres y mujeres, la mayoría de ellos ancianos o casi ancianos, se disponen a escuchar el prologo del concilio. Sin duda, en este primer acto de la esperada reunión, se harán evidentes las buenas cualidades oratorias de Herodes.
Luego de la bienvenida y de algunos actos donde se turnan músicos, cantantes, danzantes, bufones y oradores, llega el culmen del concilio el tema es: "El Mesías"
Se habla sobre historia de las escrituras. Sobre aquellos que las escribiéron y el tiempo y las circunstancias en que las escribiéron. Sobre las proféticos versos de las escrituras en las que se aluden al redentor de los Judios, a su pastor, a su nuevo rey. Y finalmente se llega a la conclusión de que: son tiempos en que "El Mesías" debe nacer. Esas tierras con miles de años de tradición religiosa, serán su cuna. Alguna persona especial, entre ellos, lo encarnará y por lo tanto se debería averiguar quién es esa persona.
No hay respuesta a esta interrogante y concluye el congreso. Biene el banquete. Herodes no está satisfecho con los resultados del fastuoso evento que ha auspiciado. Revolviendo sus ideas en su cómodo asiento se ensimisma, no toca para nada la generosa porción de jabalí asado que le han servido. Una brisa de calma interna parece venirle y de esto le nace la idea de enviar sendos recados a los jerarcas.
—Esposo mío, tengo la curiosidad de saber ¿qué es lo que te ha dicho ese hombre en los oídos? —inquiere la esposa de uno de los iniciados.
—Sencillamente: Herodes me ha invitado a sus aposentos de trabajo.
—Imagino, que te reunirás con el rey después de la comida...
—No, consorte mía. Debe ser en este mismo momento.
—Me dijeron que lo que vamos a tratar es algo que no demorará mucho. Y te puedo asegurar que volveré para continuar con la comida. Ahora permíteme levantarme e irme.
 
 
 
 
 

Luego, este iniciado se llega frente a Herodes. Si el pensó que era el único invitado en los aposentos privados del rey, se equivocó, pues otros jerarcas ya se encuentran allí. En breve, con la llegada de algunos dignatarios más, empieza un dialogo:
—Respetados señores, las circunstancias me han obligado a reunirlos en privado. Dispénsenme, señores, si esto es molestoso para sus dignas personas, pero no he tenido otra alternativa.
"Veamos... debo hablarles sin preámbulos. La reunión que acabará dentro de poco, al oscurecer, no ha disipado la duda que me impulsó a organizarlo. Ustedes no han dicho quién es "el bendito". Ustedes no lo han proclamado y muchos de los que hemos asistido a tan grande evento estariamos satisfechos y dando glorias al cielo.
"Tengo la corazonada, que ustedes saben bien quíen es. Mejor dicho, ustedes saben en quién encarnará nuestro rey, aquél prometido durante mucho tiempo. Vuestra grey puede no saberlo, pero ustedes sí lo saben ¿me equivoco?
"Conozco de vuestras habilidades, de vuestra sabiduría para adentrarse en el misterioso mundo de lo real. De allí pueden sacar todo el conocimiento que tienen, allí pueden conocer cosas que a nosotros los "simples mortales" no nos es posible conocer.
"Estas palabras me llevan a concluir con una pregunta: ¿Quién es el mesías? Díganmenlo, se los suplico.
Aquellos hombres de mirada serena, callan. Ninguno de ellos se apresura en tomar la palabra.
—¡Véanme, dignos señores! ¿No ven en mi faz los razgos con que el buril de la súplica ha razgado? Todo este evento de enorme trascendencia ha sido para conocer a un sólo hombre. ¡Díganme su nombre señores y podrán irse en paz, no habrán más preguntas!
Uno de los jerarcas decide tomar la palabra. Luego de escoger sus palabras dice:
—Su digna persona merece oír lo que yo sé. Debo advertirle que esto que le diré es personal, nada tiene que ver con lo que pueden saber o conocer los otros miembros del Colegio de Iniciados. Por lo tanto los eximo, a ellos, de la certeza o equivocación de lo que usted oirá.
—Hable, noble hombre. ¡La impaciencia me devora!
—Es nada menos que Iesus Ben Pandhira.
—¡El Galileo! ¡No lo puedo creer!
El monarca está genuinamente sorprendido. Calla por un momento, un momento en que un aroma nauseabundo escapa de su piel, se explica como el de un desdén pronunciado. Luego reponiéndose, habla nuevamente, diriguiéndose a los otros invitados, tratando de dar a su voz una tranquilidad que está lejos de sentir:
—¿Y ustedes, dignos maestros, tal vez tengan otra opinión?
—Le diré, respetado monarca, que yo también tengo la misma opinión que la de mi colega...
Y varios de los jerarcas asienten calladamente.
Herodes grita de rabia dentro de sí: "¡No es posible! ¡No lo puedo creer! ¡Galilea nunca ha sido mensionado en las escrituras! ¡Iesus, no puede ser, lo he tratado y todo en él indica a un individuo poco digno! No le gusta las tradiciones, es un rebelde, no asiste a mis fiestas y ni siquiera se ha atrevido a venir a este envento de gran trascendencia! ¡Desdeña todo lo que yo amo!
—Bien, dignos señores —dice suspirando—. Me han dicho lo que tenían bien guardado en sus corazones. No estoy contento, como lo pueden ver en mi cara. Pero... ¡ya! dejemos esto. Les estoy sumanente agradecido y les ruego que vuelvan por el banquete.
Cuando los hombres del colegio de iniciados se han ido, el monarca se levanta de su asiento y caminando pensativo da vueltas en su habitación. En esto oye una voz a sus espaldas:
—Su majestad, me avisaron que quería verme y aquí me tiene.
—Pero, ya es tarde, los dignatarios, entre los cuales tu persona debía de encontrarse, ya se han ido.
—Le pido perdones, su majestad, me retrasó un hecho no tan trivial..., poco recurrente, que sus oídos no merecen escuchar, pero me alegra que así haya sido. Verá, pude escuchar las preguntas que su alteza hizo y la respuesta que les dieron mis colegas del Colegio de Iniciados...
—¿Será posible? ¿El Justiniano escuchando a escondidas como un espía?
—No ha sido esa mi intensión. Pero verá: estoy de acuerdo con su negativa de aceptar que el bendito sea el Galileo.
—Pero si así está escrito en los rollos del mundo de lo real ¿qué podemos hacer sino que aceptarlo? Lo que Dios quiera así debe ser.
—Le dije que estoy de acuerdo con su negativa, pero no con que ese hombre no sea el bendito. Su majestad, usted puede evitar que el Galileo lo sea.
—Pero si el Galileo no lo es.
—Igual, su majestad puede evitar que cualquiera de los integrantes del Colegio de Iniciados lo sea. El Mesías debe ser una persona que su majestad conozca y apruebe.
—¿Me estas pidiendo que ordene matar a "los niños"?
—Majestad, usted lo está diciendo, no yo.
Minutos después, al quedar sólo, Herodes llama al oficial romano que tiene a su cargo el cuidado del palacio, le dice algo al oído y lo despide.
Nuevamente los iniciados son citados para una nueva reunión en privado con Herodes. Pero ya no hacía su tablinum, sino que son llevados a diferentes compartimientos y reunidos en pequeños grupos. Aquí, hasta estos cubículos, llegan soldados, irrumpen rúdamente y atraviezan con sus espadas a los iniciados.
Uno de los sufragáneos venidos de lejos, jóven y de rápidos reflejos evitando la acerada hoja del soldado que iba matarlo ha salido corriendo. En el camino viendo a otro místico le ha gritado que no acuda a la trampa que se les ha tendido. El sufragáneo llegando al hortus es alcanzado por el soldado que no pudo matarlo, pero esta vez también vuelve a escapársele luego de fintear y golpearlo en pleno rostro.
Cunde el pánico en la sala del banquete. Hombres y mujeres buscan la salida apresuradamente. "Los niños", luego de ser arrancados de los brazos de sus mujeres, son matados con una ferocidad sin igual. Fuera del palacio algunos muros y el adoquinado también se tiñen con la sangre de los iniciados.
Muy pocos, de los iniciados, logran huir, pero aún así la muerte los persigue. No hay seguridad para ellos ni en su casa, pues allá también van las espadas y las dagas que les quitarán la vida.
El palacio de herodes se ha cubierto de sangre inocente. Un vahó siniestro se levanta de sus instalaciones, un vapor repulsivo que espanta incluso a las alimañas que han escogido hacer de esa soberbia construcción su morada permanente. Un ojo entrenado, podría divisar en ese vaho una figura humana, la presencia de un ángel oscuro, con el cuerpo semejante al mármol y con ropas con el color de la sangre. El nacimiento del Cristo tiene que ser evitado.
Los padres de Iesus, José y María, en la mañana, habían conversado de esta manera:
—He visto sangre y lamentos esta noche. Sé que algo nefasto va a ocurrir hoy.
—En efecto —dice María—. Yo también he visto sangre y muerte.
—Es imperativo que avisemos a Iesus. Hoy es el Congreso del Colegio de Iniciados. Y sería bueno que él, nuestro amado hijo, no asista a esa reunión.
—Conoces a Iesus, mujer, no le gusta ese tipo de reuniónes. En el Congreso habrá una mezcla de personajes con diferentes características místicas, y hablarán... y sólo hablarán. Esto a él le parece baladí, una pérdida de tiempo. Dálo por cierto que no asistirá.
Aún así, Iesus es advertido por Jose, su padre. Sucedido esto, Iesus, se ha diriguido a su recámara y allí luego de haber hecho suaves ejercicio físicos se acomoda en su cama. Respira hondo y relaja su cuerpo. Iesus, es un atleta de la meditación y rápidamente se encuentra en disposición de averiguar la veracidad de la grave noticia que le acaban de dar. Inteligentemente ha forzado el sueño y se ha detenido justo en el umbral que une la vigilia con el sueño, aquí ha permanecido. Este punto es el más importante y el principal en la meditación, en este punto el hombre se convierte en una criatura ilimitada, irrumpe en otros estados dimensionles, se convierte en un verdadero instrumento para conocerlo... todo.
En este estado concientivo el aullido de un perro se convierte en lenguaje inteligible, son las palabras de otra persona hablando en nuestro propio idioma. Un gallo puede traerte noticias de lo que sucederá en el mundo y te lo expresa sencillamente como si otra persona te lo estuviera transmitiendo. La hierba no es muda, también te hablará... y todo, absolutamente todo se comunicará contigo inteligiblemente. Los rollos en los que está escrito toda la verdadera historia del mundo no te serán indiferentes.
En este sutilísimo estado, Iesus se ha acercado hasta un sagrado templo. Ha tocado sus puertas y se le ha abierto, ha pedido permiso para ingresar y se le ha concedido. Luego en el interior del templo, ha saludado a varias personas que viven muy lejos, en otras partes del mundo, a algunas de ellas nunca ha visto físicamente. Sin prisa ha sido llevado por un sublime ser hasta un compartimiento, allí con números y símbolos se le ha dicho lo que sucederá en las próximas horas.
Iesus, vuelve a su estado normal, pero no se levanta de su cama. Profundiza más en lo que se le dijera y viera, lo analiza, lo medita y tristemente se levanta.
En el mismo momento en que se mataban a "los niños", en el palacio de Herodes, una docena de soldados irrumpen en la solariega casa de los padres de Iesus luego de derribar la puerta con un ariete. La casa está vacía.
Rápidamente todos los caminos son controlados por los soldados del monarca. Soldados sin uniforme buscan a la sagrada familia por todas partes...
Iesus y sus ancianos padres ya están muy lejos han apurado a las béstias que los transporta. Su cuidadoso itinerario los llevará a Egipto.