EPÍTOME

 
   
 
   
   
COMPENDIO
 
 
 
 
 
 

NACER DE VERDAD

La silueta, de un hombre destaca nítidamente junto a la gran pirámide Kefrén. Sentado sobre la arena y con ambas manos sobre los muslos, adopta la imágen de uno de esos antiguos maestros del lejano oriente en profunda meditación. Allá, al fondo, la magia del amanecer va desvaneciendo con firmeza el panorama gris de la noche.
Ese hombre es Iesus, permanece en esa posición desde muy temprano. Aún, cuando las sombras imperaban sobre el vasto escenario del Nilo, su postura era la misma. Hay un hondo silencio en su entorno; los sonidos que hace la vida, sea a través de sus criaturas: de esas que viven por los alrededores, o por aquellos causados por los atenuados meteoros de esa hora, son parte de un silencio provisto de honda poesía, poesía como aquella cuyos versos darán orígen al Apocalipsis en la isla de Patmos.
Ayer, al atardecer, una felucca cruzaba el nilo de este a oeste en la parte más cercana a las pirámides. En el interior de la esbelta nave iba Iesus, su mirada tenía la lucidez de la vigilia en su máxima expresión, nada tan hermoso como el no pensar se sucedía allí adentro de su singular cerebro, el hecho de conocerlo todo no necesita de pensamientos y menos de raciocinio. La enorme intuición desarrollada, el incesante trabajo desplegado gracias a la dirección sabia y amorosa de sus mentores le han llevado hasta esa gloriosa etapa de "ver", sin mucho esfuerzo, todo aquello que está oculto a los ojos de los hombres. Aquellas maravillosas enseñansas, teóricas y prácticas, de Elchanan, ese anciano de luenga barba blanca y poco cabello en la testa y de aquél otro anciano llamado Jehosuah Ben Perachiah, han cumplido con creces en el desarrollo interno de Iesus.

Los dos mentores de Iesus, en Palestina, con la agudeza característica del maestro de verdad, habían encausado la vida de su jóven discípulo en dirección de la cristificación. Ellos habían visto en aquél mozallón unas características no usuales en sus discípulos, unas ansias espirituales que desbordaban toda lógica. Veían en él al bodhisatwa de un antiguo maestro en plena lucha por recuperar todas las gloriosas virtudes de un Budda.

Hoy el discípulo ha superado ampliamente a sus dos maestros de Palestina. Y con todo su crecimiento espiritual continúa avante. Sobre las aguas del río ve venir a las bellas ondinas caminado sobre el perfume deleitoso que emana del permanente flujo, el río ha estado allí mucho tiempo corriendo sobre su cause hecho con la materia prima del génesis bíblico. Vienen, también, sobre el flujo perenne, multiples criaturas de hermosa apariencia y le entregan una inocente venia edénica, ¡Ah! el amor del creador de todas las cosas ha puesto en estas criaturas su sello de sabiduría y les ha entregado un derrotero de vida que coincidirá con el escalón humano en un tiempo lejano del futuro.

Iesus deja la felucca, y caminando se dirige hacía las pirámides. El húmedo terreno y la suave vegetación de la orilla, metros más alla alejándose del río, se convierte en roquedal y después da lugar al desierto de arena.
La tarde empieza a menguar y las sombras a crecer cuando Iesus arriba al lugar de las pirámides. ¿Qué tiene la noche en este lugar? Trae honda poesía y la naturaleza entera la susurra quedamente en coro; cada uno de los granos de arena del desierto musita esta música con entusiamo y allá, en el cielo, la infinidad de puntos luminosos no hace otra cosa que imitar a los sabios y diminutos componentes del desierto.
Cuando las sombras se han hecho más espesas también llegan hondos misterios en torno de las colosales construcciones de piedra. Ahora los versos del desierto hablan de antiguas ceremonias realizadas en el interior de sagrados templos, hablan de las singulares características que estas ceremonias crea en el interior de los hombres; no, no es posible concebír estas características si uno mismo no es una de esas personas. "¿Porqué todo esto, maravilloso, ha tenido que esconderse y mantenerse en secreto?", susurran nuevas voces para a la vez responderse: " ¡Pero está llegando el momento de darla a conocer al mundo entero! ¡He ahí al hombre que la dará!"
Iesus ya se encuentra en profunda meditación, luego de llegarse hasta una de las pirámides ha optado por colocar una manta sobre la arena y allí se ha sentado. Un tiempo después todo su mundo interior ha entrado en una habitación del Universo donde toda ley tridimensional ya no impera, por el contrario puede ser modificado a voluntad. Lograr esto cuesta paciencia, tenacidad, no se puede conseguir sin ferrea voluntad; así un humano común se convierte en un ser singular, con capacidades que superan toda lógica ordinaria.

¡Ah!, alguna vez se pudo oír de labios de un maestro del Nilo lo siguiente:

—Ama la Luz y pronto, caminando, tendras luz propia. Este sendero es uno, no existe otro, ¡Claro que no! y es muy delgado como el filo de una espada, difícil y peligroso, lo escoltan precipicios insalvables. La Luz tiene escalones, es importante subir por ellas. Existen seres tan grandes, que si ponemos nuestra luz junto a la de ellos, nosotros no somos otra cosa que simples luciernagas al lado del astro que nos ilumina todos los días.
El cuerpo físico de Iesus desaparece, simplemente se esfuma de aquél ensanchado escenario de arena y de perfumada aurora, para aparecer en la recámara principal, en el interior de la pirámide de Kefrén. Aquí en un ambiente fresco y ligeramente iluminado su poderosa voluntad ha puesto en actividad todos sus dones, todos sus poderes; en una palabra ha puesto a brillar todas las piedras preciosas que pudo pulir con perseverancia en su interior. Muchas veces ha estado en ese lugar con María, su consorte, y muchas otras sin ella, como en esta ocasión.
Ese estado magnífico que le sirvió para ingresar hasta ese interior sin puertas es llamado Llinas en el lejano oriente. En la lengua sagrada del indostán, en el sánscrito, Llinas significa entrar en una dimensión diferente con el cuerpo físico. Teniendo el cuerpo físico en esa dimensión, se puede volver al mundo usual de tres dimensiones llevando todas las características de esa dimensión, entonces este cuerpo puede volar, puede caminar sobre las aguas, viajar en cuestión de fracciones de minuto a cualquier lugar de la Tierra por lejano que sea... y tiene otras múltiples características asombrosas para quién no esté avisado.
Luego de un trabajo de una hora, sale de ese lugar sagrado construido por el Faraón Kefrén hace 2,500 años. El sol, colgado del cielo, ofrece sus mejores rayos luminosos y no es menos efusivo el calor que entrega sobre esa aridez perpetua, la poca humedad que pudo acumular durante las horas nocturnas se evapora con prontitud. En este desierto, cuya longitud abarca desde el Atlántico hasta el Mar Rojo por más de 5,000 kilómetros, la vida de algunas plantas y animales está unida a las pocas lluvias que surgen de cuando en cuando, rápidamente las plantas crecen, dan flores, enfrutecen y mueren, todo en el plazo de pocos días; algunas criaturas como los batracios o los insectos, con la misma celeridad de las plantas, salen de su largo letargo, se aparean y tienen descendencia en el suficiente tiempo para utilizar del agua que pronto desaparece absorbida por la terrible sed del enorme arenal.
Luego de algunas horas, Iesus está de vuelta en Heliópolis. Con pasos pausados se acerca a su ermita, la diminuta estancia que en un princípio se le asignara ha sido ampliada para dar cabida, cómodamente, a dos personas. Sin duda, allí adentro le espera María. Pero..., un momento, hay otra mujer esperándolo en el pórtico de una hermita no muy lejana de la suya. Iesus reconoce en ella a Betsabé, aquella hermosa mujer, aproximadamente de la misma edad que María, que habiendo dejado su solariega casa de Alejandría y a sus criados se había instalado en una diminuta estancia del eremitorio. Betsabé tiene un linaje real al igual que María y su mayor empeño ha sido el de conseguir un afecto superior al de la amistad en Iesus. Ni siquiera el matrimonio de este con María ha menguado tal entusiasmo, por el contrario lo ha hecho más intenso, furtivo y audáz, todo aureolado por una experta sutilidad.
Betsabé, ha sonreído tenuemente desde la distancia que lo separa y rápidamente ha desaparecido cerrándo trás de sí la puerta de cedro de su choza.

Allá están, en los pasados días, esos momentos en que Iesus la miraba en los ojos y amigablemente la poesía brotaba de sus labios con la sabiduría de lo sencillo. Aquella honestidad con la que se expresaba sobre los aspectos de la vida y la singularidad simple con la que la vivía, había abierto en Betsabé una puerta prohibida: ella haría todo lo posible por convertirse en la madre del Cristo, pues todo este portento se encontraba en ciernes dentro de Iesus y la intuición desarrollada en una mujer no lo podía ignorar. ¿Y, qué de María, la esposa de éste? Bueno... todo es posible de modificar, las personas pueden ser desplazadas, los sentimientos pueden cambiar, tiempo y astucia son necesarios. Iesus la rechazó con la sencilléz propia de una persona comprensiva. ¡No! ¡No, esto no es el final!, se dijo ella, ¡La esperanza es lo último que se pierde!

¡Ah!, entre el aroma perfumado del incienso de la oración también se esconde el delito.
 

La vida no es simple para aquél que busca la autorrealización íntima del ser. Las tentaciones para obrar de manera no correcta son infinitas. Para que algo nazca dentro de nosotros, algo tiene que morir; no se puede nacer sin morir. Para nacer es imprescindible morir. Muere un defecto, nace una virtud. El sólo conocimiento de cómo funciona el defecto y de toda su influencia no sirve para acabar con el defecto; es importante recurrir a un poder superior y este poder está presente en la sexualidad humana; todo nacimiento habla de procesos sexuales. Tiene que morir el ego: la suma de defectos sicológicos de la persona, para que nazca el ser. El ser es la corona de la vida.
El olor de la comida es uno de los componentes que alegra a un cuerpo cansado y hambriento, en casa existen muchos otros componentes que alegran la vida de un hombre; sin duda, una buena mujer es el principal ingrediente de esta alegría. Iesus, ha dejado sus bártulos de viajero en un rincón y desnudánsose se ha metido dentro de una bañera, el tibio líquido le ha venido bien, tan bien como un buen plato de sopa.
La vida coloca en delante nuestro muchos retos. En realidad toda vida esta hecha de múltiples retos; muchos de esos retos han sido resueltos satisfactoriamente por nosotros, muchos otros retos no han sido superados. Muchos retos engrandecen nuestro interior y otros se acumulan como trastos inútiles allí mismo, dentro nuestro y hasta en rededor nuestro. Los retos no siempre tienen un mismo significado para dos personas diferentes. Existen retos que hacen de un hombre en gobernador de hombres y existen retos que hacen de un hombre en gobernador de uno mismo.
Al día siguiente, en el Templo, Iesus se ha vestido con una túnica de lino albo y un manto, también de lino e inmaculadamente blanco, con el que cubre su cabeza y hombros. Sí, y el tiempo nunca muestra el mismo rostro en una misma estación, ayer hubo un esplendido sol, hoy el cielo está nublado, grises y espesas nubes se desplazan rápidamente para arremolinarse sobre Heliopolis.
Luego llueve, la intensidad del agua que cae rápidamente forma arroyos que corren apresuradamente hacía las partes bajas de la ciudad. Los restos de la antigua ciudad, las piedras sagradas de los sacerdotes de antaño, se limpian del inclemente polvo que las cubría indolentemente. La inesperada lluvia pone a todo hombre y a toda mujer bajo techo; para algunas personas es el motivo para lanzar una maldición y para otras es un buen momento para el contento y para la prez dedicada al enviador de esa dádiva. Hay más grandes motivos para las gracias, pues sin el Nilo esa zona estaría deshabitada como gran parte del desierto que extiende su extenso manto árido hacía el oeste y la fluctuación de la temperatura del verano y la del invierno presentaría muy poca variación, los días serían exageradamente cálidos y durante la noche la temperatura bajaría por debajo de la congelación del agua.
Dentro del Templo, en una cámara destinada a la reflexión, acomodados en sendos asientos, meditan los tres reyes magos que llegarón desde muy lejos guiados por la estrella de Belén. Aquella estrella mística que surge anticipándose al nacimiento del Cristo. Ha sucedido ya, sucederá después.
Iesus se llega hasta la sala principal del templo, camina lentamente, su mundo interior está sumergido dentro del más excelso himno de la meditación. Poco a poco se va acercando al ara mientras que allá, detras de las balaustradas y por delante de cortinales de blanca seda flamean, suavemente al vaivén de una imperceptible brisa, tres banderas: una de color azul, otra de color amarillo y finalmente una roja. Ondean los colores sagrados del Padre del Hijo y del Espíritu Santo, con la gloria de todo el poder de la existencia. Debajo de cada bandera, sobre una base de pórfido, tres hachones esculpidos en duro basalto, derraman una luz permanente.
El ambiente huele a incienso. Junto a los hachones, en la base de las banderas, tres incensarios exhalan en amplias bocanadas aquél incienso perfumado que flota por el ambiente con la misma sutilidad de la música salida de la lira de un arcángel.
Frente al ara, hay una silla con respaldar y reposabrazos. Allá se sienta Iesus. El carpintero que hizo ese mueble usó cedro y lo recubrió con delgadas láminas de oro, tan igual como esos antiguos muebles de los reyes que gobernaron el reino del Nilo durante miles de años. Hay algo que llama poderosamente la atención en este mueble, son sus patas, en forma de monstruosas criaturas hincando sus garras en el piso; este detalle trae al recuerdo que los tronos de los dioses tienen como base a los groseros monstruos de su interior contra los cuales tuvo que combatir y a los que tuvo que derrotar en cruentos combates.
Tañe el arpa del arcángel. Las notas que se esparcen por el ambiente llevan un subliminal mensaje lleno de majestad y terrible verdad. Sorprende, espanta y conmosiona; es terrible oirla. Hablan las notas, dicen de asuntos íntimos de la conciencia sobre los cuales es necesario callar, que es importante alcanzar la humildad, afirman que la personalidad, la individualidad y los defectos sicológicos nos atan a la dolorosa roca del dolor y de la amargura. Explica que los defectos no evolucionan sólo se complican; que el ego, la suma de los defectos, es una larva que se va complicando cada vez más, que el ego es la bestia que nos controla totalmente, controla nuestro cuerpo físico, etérico, astral y mental. Recalca que esta béstia no puede corregirse a sí misma, sino que se enreda, se rodea de un sinuoso laberinto para supervivir. Este mensaje no sonaría con tanta severidad venida de boca de un maestro carnal. El mensaje añade: "¡El yo debe desintegrarse en el abismo para que nazca el ser lleno de majestad y poder!"
Medita intensamente Iesus, conversa con sus padres que están en secreto, Llama a su padre interno con todas las fuerzas de su corazón y pide a su madre interna con aquella intensidad propia de un bebé hambriento. Esta lo está gestando como a un Cristo y dentro de poco lo parirá. Es inmenso el poder de Dios Madre, lo mismo que es tan inmenso el poder de la mujer. Este acontecimiento reune a todas las fuerzas angélicas de la existencia y así también como a todas las fuerzas demoniacas que traten de impedir este glorioso nacimiento.
El verbo crea, por eso el arcangel se abstiene de cantar, la garganta es una matríz y allí se gesta la voz, no es el momento de crear galaxias, puede sí, tañer su instrumento y sus sagrados dedos vuelan de cuerda en cuerda con la destreza de quién puede hacer danzar a toda la creación con el ritmo del amor y de la sabiduría. Las notas de la lira continúan y esta vez con una enorme amplitud de detalles gloriosos indica que a través de los tiempos varios hombres alcanzaron la Corona de la Vida, la cristificación no fue ajena en los continentes que se sumergieron miles de años atrás bajos los mares del este y del oeste y trae una corta lista de los hombres que lo lograron. Sobre la faz de los actuales continentes hubieron también hombres excepcionales que lograron alcanzar el glorioso cénit de la Corona de la Vida, en oriente y en occidente, en el austro y en el bóreas, en civilizaciones ya desaparecidas. Todos ellos cumplieron con la sagrada misión de redimir a la humanidad.
Iesus se levanta de su asiento y se acerca al altar. Se quita el manto. Entonces del caliginoso ambiente provisto de espesas nubes tormentosas surge un poderoso relámpago, se diría que este relámpago resplandece en toda la vasta extensión del universo. El rayo que dió origen al relámpago converge en el cuerpo de Iesus, convirtiéndolo en un omnímodo fanal. En ese momento el maestro interno entra en el cuerpo físico de Iesus. En este preciso momento dios Madre lo pare como al Cristo.
Continúan vibrando las cuerdas tiradas por los dedos del arcángel. Ahora anuncia: "Lo que nace de la carne, carne es, lo que nace del espíritu, espíritu es". Las aterradoras vibraciones incluyen luego de un brevísimo silencio: "¡He aquí, nace el Cristo! ¡Nace aquél que ralizará todo el drama de redención delante de los hombres! ¡La escenificará ante los ojos de los hombres! ¡He aquí aquél bendito que realizará todo el drama de redención en su interior, y lo realizará también fuera de sí!" ¡He aquí, el dios y el hombre!
Este nacimiento es la navidad del corazón. El Cristo nace en un pesebre, en aquél pesebre aún pobre en virtudes de su corazón lo rodean los animales que personifican a los defectos sicológicos que aún posee. Los reyes magos le ofrecen sus preces. Un coro de ángeles y una música que los mortales jamás podrán oírla enmarca este fastuoso acontecimiento: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad!
Este es el nacimiento en Belén. El niño hombre es adorado por los reyes venidos de oriente.