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DICHO AL OÍDO
Varios hombres caminaban en dirección de la aldéa más próxima. Lo largo del camino, los había cansado. Era un día un tanto nublado y esta particularidad del tiempo les fue favorable, pues les permitió llegar con mayor prontitud hasta el único manantial del camino. Allí bebieron el vivificante líquido de las entrañas de la tierra, luego sacudieron sus ropas y sandalias enpolvadas. Se refresacaron mucho más con las consiguientes abluciones, el frío líquido obrá maravillosamente sobre un cuerpo pirético. |
El más jóven de todos aquellos hombres colocó en el piso una gran manta y en el centro de ella se colocaron alimentos tibios. Aquellos alimentos, producidos en sus propias fincas y cocinadas por hacendosas mujeres, deberían ser bendecidas por la persona más importante de entre ellos antes de ser comidas. |
—Maestro —dice Pedro, el más anciano de aquel grupo de viajeros—, las viandas están dispuestas en la mesa. |
El aludido, un hombre adulto y vigoroso, de tez bronceada y de profunda mirada, le pide que espere con un ademán y llamando al más jóven se aleja rumbo a los vetustos muros de piedra de una antigua construcción, fuera del camino. Los abuelos de aquellos hombres y los abuelos de sus abuelos ya habían visto así de ruinosas a aquellas viejas paredes, en ese vejestorio de piedra el tiempo no pasaba. |
Bernabé se llamaba el más jóven y siguiendo a aquél hombre de mediana contextura y de ropas claras, cruzó el vano del viejo portón. Allí la última puerta hace siglos se convirtió en polvo y este polvo abonó el suelo en el que vivieron, quizá, las tatarabuelas de las rezagadas plantas que ahora medran esforzadamente entre las piedras del antiguo enlosado. |
—Acércate, Bernabé —oye el jóven. |
Aquel hombre lo espera sentado sobre una enorme piedra y tal parece que esta piedra en un tiempo atrás hubiera tenido la forma cúbica. |
—Siéntate a mi lado. |
Recuerda Bernabé, cuando conoció a aquél hombre. Entonces acababa de fallecer su padre y los caudales de este pasaron a su favor, el tedio de la vida empezó a llenar sus momentos con desesperanzas. Sentíase caer en un pozo sin fondo. ¡Ah, la riqueza sólo conduce al placer y al dolor! ¿Donde está la ley y la templanza que le dió su padre? Una noche deambulando sin rumbo, se llegó hasta un olivar y el cansancio lo llevó al sueño. Cuando despertó, se encontró muy cerca de un grupo de hombres, compredió que aquello era una reunión muy especial, donde sólo uno de ellos hablaba y los demás escuchaban absortos. |
Lo que allí oyó Bernabé, decidió su vida. Se unió a aquél grupo. |
Las maravillas que brotaban de los labios de aquél hombre no podían ser proferidas por ningún sacerdote ni por ninguna otra persona, eran nuevas y precisas sólo un díos podía esgrimirlas. Sólo Iesus. |
—Para dentro de una semana, tú, Bernabé el Joven, ya estarás casado. |
—Así es, Maestro. |
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Para Bernabé, Iesus lo era todo. Era Dios y hombre. Meses atrás, Iesus había encarnado dentro de sí al Cristo, y aquél hombre tan especial se había convertido en Dios. El cristo es una fuerza cósmica. El cristo mora en lo profundo de nuestro ser, él es nuestro único salvador. El cristo es el verbo, la corona de la vida; para Iesus, lograrlo, le había significado esforzado trabajo, enorme perseverancia, nada se da en la vida regalado, ni siquiera a él que en vidas pasadas había logrado grandes adelantos espirituales. El verbo está compuesto por todos aquellos hombres que lograron cristificarse. El verbo es un ejército de hombres supertrascendidos, es el ejército de la voz. |
—Oye bien lo que voy a decirte Bernabé. Tú también puedes encarnar al Cristo. Todo humano lo puede lograr. Todo humano puede convertirse en hijo de dios. |
—Así lo considero, Maestro. Usted mismo fue quién nos lo enseñó. |
—El secreto está en tener mujer. Nada de esto del Cristo se puede lograr sin ella. Lo fundamental es ella.
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—Maestro, si Usted lo dice, así debe ser. |
—Tú te vas a casar y por lo tanto me veo obligado a darte a conocer este sagrado secreto. Tus compañeros también saben de este secreto; en su momento ellos se enteraron a través mío. Un paso adelante de la cristificación está la eliminación de defectos y sin una mujer es imposible, tus prácticas de soltero destinadas a eliminar defectos jamás podrían lograr desintegrar ningún defecto, sólo amenguarlas. |
—Maestro, esto que me estás diciendo, es nuevo para mí. Y lo recibo como una bendición inmerecida. |
Bernabé, había creído que para eliminar defectos, sólo bastaba la autoobservación sicológica permanentemente y pedir a su Divina Madre interior para que los desintegre. Este enorme trabajo, los sacrificios que le había costado tener puesta su mirada en su mundo sicológico para despertar conciencia, no le habían servido más que para el inicio de un trabajo que recién iba a empezar. Aquella perseverancia por comportarse bien consigo mismo y con sus congéneres, su filantropía, apenas podían catalogarse como una simple piedra al lado de una fastuosa construcción... que recién iba a ser construída. Su tiempo invertido en ejercicios respiratorios, en poses físicas transmutantes, en vocalizar palabras sagradas, no eran más que simplezas de mínima importancia, que si bien son útiles no son capitales en la magna epopeya que ya vislumbra con temblante alegría. |
—El cúmulo de defectos sicológicos, la legión de demonios de nuestros interiores —continúa el divino maestro —, no pueden ser eliminados con las solas intenciones o con todo el conocimiento adquirido. Un arrepentimiento muy profundo sólo puede tocar las puertas de la aniquilación del defecto, más no entrar. Eliminar un defecto sin una mujer es como traer al mundo un hijo sin la mujer. Crear en nuestro interior una virtud, sin la mujer, es como hacer nacer un hijo sin la mujer. |
—Maestro, confío absolutamente en sus palabras y me prosterno reverente ante ellas. |
—Hay que amar a la mujer. El amor nos convierte en dioses. |
Qué vacío encuentra Bernabé en su interior. Momentos atrás se consideraba secretamente digno de los premios del cielo y ahora... Concluye: la desintegración de los defectos sicológicos es muy serio, demasiado serio. |
Y los ojos del Magno maestro se introvierten por un momento. Es un instante en que cierto fulgor brota de su cuerpo convirtiéndolo en una puerta hacía el infinito. |
—Maestro, véo que callas. |
—Porque es todo lo que tengo que decirte por hoy. Un secreto tan importante como este aún me falta decírtelo. Sólo lo sabrás cuando te hayas casado. Sí, este secreto que te guardo lo conocerás cuando estés formalmente casado. |
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